CRÍTICAS Y ESTUDIOS
La obra de Sergio Bravo, protocineasta
Por Vera-Meiggs
27 de julio de 2010

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Para nuestro cine hay un antes y un después de Sergio Bravo. Como hay un antes y un después de Raúl Ruiz y de Miguel Littin. Pero Bravo fue anterior y gracias a él se pudo comenzar a hablar propiamente de Séptimo Arte chileno.

Arquitecto de profesión y cineasta de vocación, el trabajo de Sergio Bravo ha comenzado a revalorarse a partir de la obtención del premio Pedro Sienna en el 2006, cuando su obra comenzaba a restaurarse y difundirse en un medio audiovisual, ignorante de todo lo que le debía al primer documentalista que hizo de su trabajo una expresión concientemente artística.

Sergio Bravo Ramos (Los Andes,1927) se acercó al cine espontáneamente motivado por sus propios estudios estéticos y sus intereses sociales, que a mediados de los cincuenta estaban anunciando la maduración de la década siguiente. Para canalizar sus inquietudes tomó algunos cursos en el Instituto Fílmico de la Universidad Católica, que había sido recién fundado por Rafael Sánchez, a la sazón un jesuita que había estudiado en EE.UU. y Canadá y que posteriormente sería el más importante profesor de cine que haya tenido el país. Duró poco en esos estudios y da la sensación que nunca los extrañó mucho. Ya el año 1957 debuta con Mimbre, un documental de sólo 9 minutos, que sigue siendo un impresionante ejemplo de lo que nuestro cine sería capaz de dar de ahí en adelante. Obra íntima, lírica y al mismo tiempo sencilla y transparente, Mimbre no se parece a nada de lo que se había filmado antes en Chile, ni en el documental ni en la ficción. La realidad cotidiana y popular captada como gesto cotidiano en su más auténtica belleza. Lejos de la objetividad funcional y de la mistificación enfática, propias del documental chileno, lo que aquí aparece por primera vez es una perspectiva autóctona en la mirada y en lo que se mira. La mejor prueba de la blancura de sus intenciones la otorga el hecho que Violeta Parra al ver el material sin sonido irrumpiera en él componiendo un acompañamiento para guitarra que, como dijo un especialista del Museo del Cine de París: “Es una de las mejores composiciones de música incidental que he escuchado nunca en toda la historia de este género cinematográfico”.

Seguirían La trilla, nuevamente con música interpretada por Violeta Parra, Día de organillos y Láminas de Almahue, la que puede considerarse su obra maestra. Poética en el tono y no por ello menos documental, la película posee una mayor densidad de significados y de búsquedas estéticas que el resto de su obra, sin por eso doblarse ante el peso de sus materiales, ni de las lecturas simbólicas que de ella puedan desprenderse.

Creador del Cine Club de la Universidad de Chile, aun existente, y del que se derivaría el Centro de Cine Experimental, de tan feliz memoria para el desarrollo de un cine comprometido con la realidad del que surge, Bravo tendrá una labor importante en una época crucial, en la que todo cambió definitivamente en nuestra mirada nacional. Otro de los capítulos esenciales de su paso por la Universidad fue el rescate y restauración de El húsar de la muerte de Pedro Sienna, monumento mayor y casi único de nuestro cine mudo.

Su compromiso político se expresa principalmente en  La marcha del carbón y Las banderas del pueblo, sobre la campaña por la presidencia de la república de Salvador Allende del año 1964. Obras de circunstancia probablemente, pero no exentas de una mirada siempre atenta a la forma plástica, no como fin en sí, sino que como medio para instalar en el espectador las sensaciones previas a una toma de conciencia definitiva.

Bravo es también responsable de los únicos fragmentos filmados a color del cataclismo de Valdivia de 1960 y que después ha montado bajo el nombre de Aquel gnillatún.

Supo resistir en Chile muchos años de la dictadura e incluso realizó algunos trabajos más o menos clandestinos, un documental sobre el escultor Samuel Román, otro sobre la folclorista Gabriela Pizarro cantando en la Vega y No eran nadie, largometraje argumental filmado en Chiloé sobre el tema de los Derechos Humanos, que le significaría un prudente exilio en Francia.

De su período francés, abundante en encargos estatales, lo más destacado es La glane, bella y conmovedora evocación de un tema terrible: la masacre de todos los habitantes de la aldea de Obradour durante la Segunda Guerra Mundial.

El cine de Bravo supo siempre mantener un alado equilibrio entre el rigor estético, la mirada realista y la emoción humanista. Sin estar muy lejos de las posturas del cine militante, tan en boga entre los 60 y 70, el suyo es antes que nada un cine de la belleza, de la forma antes que del concepto. De ahí que se destaque tan claramente su obra de la del resto de los documentalistas de su época y también de la actual. Tal postura no ayudó a evitarle polémicas y crearle no pocas distancias, a las que el personaje ha contribuido vivamente. Pero nadie ha podido soslayar su importancia histórica como fundador de una nueva concepción del cine, de la que se derivaría todo lo que ocurriría en Chile en los años posteriores.

Hoy, lejos de estar retirado, Bravo vive en Viña del Mar y está siempre insatisfecho: “Estamos haciendo muchas películas, ahora nos falta hacer cine”. Actualmente prepara un proyecto sobre la arquitectura nacional, al que el reciente terremoto ha otorgado nuevo sentido.