CRÍTICAS Y ESTUDIOS
Mimbre, de Sergio Bravo
Por Vera-Meiggs
28 de octubre de 2010
A mediados del siglo pasado la inquietud artística e intelectual chilena parecía remover todas las convenciones de lo que hasta ese momento era considerado como cultura.

Las visitas forzadas de creadores europeos escapados de la Segunda Guerra y una mayor confianza en las propias posibilidades de lo nacional estarían a la base de la creación de los teatros universitarios, las orquestas sinfónicas, el ballet y nuevas aperturas en la plástica, la literatura, la creación musical y el folclore. Sólo el cine parecía relegado a su permanente condición de mal imitador de las muecas de los productos internacionales.

No es raro, sino que altamente significativo, que de un afortunado cruce de varias disciplinas artísticas de mayor prestigio y tradición, se haya producido el verdadero nacimiento del arte cinematográfico chileno. Con diversos avatares lo mismo había ocurrido en muchas latitudes.

Luis Manzano, llamado Manzanito por Pablo Neruda, artesano tejedor de mimbre, prepara las varillas que usará para tejer una de sus obras. Está en el que parece ser el patio de su casa, con las manos tejedoras a la luz y con el rostro casi siempre protegido por la sombra. El entramado de varillas forma figuras abstractas mientras las hábiles manos moldean una figura aun difícil de reconocer. Algunos ejemplares de su trabajo ya terminado sugieren posibilidades: gallinas, aves volando, unos curiosos cestos con manillas y forma de pez. Manzanito sigue tejiendo figuras que parecen animarse: unas cabezas vacunas dialogan a cornadas, bajo una de las cuales un niño sonríe. El tejido certero del artesano continúa urdiendo figuras animales en un gesto creativo que no parece tener conciencia del tiempo.

Sergio Bravo Ramos (1927) era un arquitecto de sólida formación cuando se dedicó al cine  fascinado por la labor documental. Su primer intento cinematográfico será Mimbre, que sigue siendo medio siglo después un punto de inflexión en la cinematografía chilena. Por primera vez un documental poseía tal voluntad estética como para llegar a no deberle nada a nadie en términos formales, surgiendo simplemente de la sencilla realidad que pretendía retratar. La cuidada estética y composición de las imágenes, en la que los logros son a veces excepcionales, nunca obstaculiza la cercanía que se nos produce con la labor virtuosa del artesano, (el más célebre tejedor del mimbre que ha habido en Chile)  que es siempre la motivación central del espectáculo fílmico. Por eso la película en su brevedad logra sugerir la idea de la transfiguración poética del mundo cotidiano en un patio popular. Incluso la imagen de la araña no resulta obvia en su evidente paralelismo, sino que potencia la relación entre lo natural y lo humano dentro de unas coordenadas domésticas que son al mismo tiempo realistas y maravillosas.

No poco de este efecto se debe a la música compuesta e interpretada por Violeta Parra en un par de improvisaciones frente a la proyección de la película. Se trata de una obra notable de acompañamiento que da cuenta del gran dominio que la célebre compositora tenía sobre la guitarra, pero también de una inigualable capacidad para dar la equivalencia sonora a un mundo visual que casi bordea lo abstracto. Se puede imaginar las dimensiones de este aporte si se piensa que la idea original de Bravo Ramos consideraba un acompañamiento con música de Bach. La belleza del conjunto, que no ha perdido nada de su encanto, es el primer y más auténtico ejemplo del arte cinematográfico chileno.

Todo lo anteriormente filmado en el país había buscado una funcionalidad como registro eficaz en lo documental y una solapada imitación de modelos extranjeros en lo narrativo, de lo que quizás sólo se había salvado El húsar de la muerte (1925) de Pedro Sienna. Es por eso que esta pequeña obra se eleva como un faro de nueva luz para una expresión artística que no conocía de modelos  propios en los que inspirarse y quedará por mucho tiempo como un hecho aislado e incluso olvidado.  Su reciente restauración ha permitido una revisión en perspectiva que sólo confirma su importancia y su tenaz vinculación íntima con lo más propio de la cultura tradicional chilena, una suerte de lirismo íntimo que tanta fortuna ha dado a nuestra poesía. La indagación en la cultura popular que Bravo Ramos inaugura aquí sería seguida por un cuarteto de obras tan inspiradas como esta y una labor de realizaciones, investigación y estudio que lo harían merecedor de la primera entrega del premio nacional de cine "Pedro Sienna" en 2005.