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CRÍTICAS & ESTUDIOS
El cine chileno y su público: una relación compleja  
por Víctor Hugo Ortega C. / Periodista. Creador y Profesor del Diplomado en Cine y Cultura Latinoamericana de la U. de Chile. Conductor y Editor Periodístico del programa radial “El mundo sin Brando".
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Mirando en retrospectiva la actividad cinematográfica en Chile, en la primera década del siglo XXI (2000-2009), asoma como un cuestionamiento latente el tema de los gustos y búsquedas del público en el cine chileno. Aún cuando por momentos ha habido películas que han concitado la atención de los espectadores nacionales, no se ha generado una sistematización en los números que respalden la relación entre las producciones locales y su público.

Si bien el año 2011 entregó una variedad entusiasta en cuanto a los títulos que se estrenaron y, al mismo tiempo, trajo consigo un aumento considerable de chilenos a las salas, no se podría vislumbrar que la segunda década del nuevo siglo (2011-2019) se mantendrá con esta base. Principalmente porque la historia reciente de los vínculos entre el cine chileno y su público, es sumamente variable y poco regular. Las estadísticas arrojan una serie de inquietudes, algunas de ellas sin respuesta, que entregan información sobre las dificultades que tienen los realizadores a la hora de salir a las salas con sus películas.

Tal como sucede en otros países de América Latina, las salas de cine están invadidas por los estrenos provenientes de los Estados Unidos, lo que, por supuesto, no es ningún misterio y es más que esperable. La cultura universal que se ha generado desde Hollywood hacia el resto del mundo, a través de la magnificencia de sus producciones y de la seducción que generan en el público las estrellas cinematográficas, adornadas por el merchandising de turno, hacen que los espectadores opten por estas propuestas casi de manera natural. Ahora, lo llamativo de esta situación, es que por más que en los últimos años los chilenos asistan en mayor cantidad a las salas de cine, esto no va de la mano con una mayor concurrencia a ver películas nacionales. Según el reporte estadístico del pasado mes de diciembre, del Departamento de Estudios del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, la asistencia al cine en Chile aumentó de 11.455.550 espectadores en el año 2007, a 14.442.596 en 2009. Sin embargo, los chilenos que asistieron a las salas para ver cine nacional, fueron en baja entre el año 2007 y el año 2009. La cifras son claras y se pueden leer con cierto pesimismo a la hora de establecer la pregunta de rigor, ¿por qué el público chileno va más al cine, pero no a ver cine chileno?

Para nadie es un misterio que el gran público tiene un prejuicio con el cine chileno. Un prejuicio que se puede constatar en notas de prensa, hoy por hoy en foros virtuales e incluso en la experiencia de asistir a una sala de cine de un centro comercial, en donde las voces avanzan rápido, en pos de una mirada negativa a las películas chilenas. Una idea que se exponía lúcidamente en la introducción del libro “Huérfanos y Perdidos: El Cine Chileno de la Transición”. Sus autores manifestaban que la falta de humor era una de las causas de la poca efervescencia del público con el cine nacional. “Cuando se pregunta a personas no especializadas por las películas chilenas, es usual que, después del respingo, dejen caer los calificativos “densas”, “pesadas”, “graves”. Se trata de reacciones prejuiciosas, por cierto, que explican por qué estas cintas tienen tan débiles arranques de taquilla” [1]. Esta referencia se instala en un momento especial del cine chileno, el año 1999, en donde el análisis de los investigadores, apunta a comprender las claves de nuestra cinematografía en la vuelta a la democracia.

Justamente en esta época, en el cierre del siglo pasado, se estrenaba una cinta que venía a romper esa suerte de desajuste entre la audiencia local y la gran pantalla. Una “película hito”, que se instalaba como respuesta a las necesidades culturales y sociales de un público lúdico que quedaría en evidencia. El Chacotero Sentimental (Cristián Galaz; 1999) y sus 813.228 [2] espectadores, provocaban una discusión a nivel nacional, sobre la sexualidad de los chilenos. Misma discusión que venía provocando años antes el programa radial del mismo nombre, conducido por Roberto Artiagoitía, (“El Rumpy”), que se convirtió en un éxito masivo y dio paso a una de las películas más exitosas de la historia. Me refiero a ella como “película hito” precisamente por eso, por instalarse en una contingencia propicia de acuerdo al tema que explora, por generar un lazo férreo con el público, incluso antes del día de su estreno.

Ya anteriormente, en el año 1993, había existido otro filme que podría entrar en esta categoría. Johnny 100 Pesos, de Gustavo Graef-Marino, tomaba un acontecimiento ocurrido en el centro de Santiago en 1990. Un asalto con rehenes que generó alto impacto en el Chile post-dictadura y que causó expectación en el público. La cinta pasaría a ser una de las más taquilleras durante la primera mitad de la década de los noventa.

Los casos referenciados tienen una lectura particular e interesante, en cuanto a las preferencias del público. Los chilenos se acercan al cine en masa, cuando van a ver algo más que una película. Asisten a constatar hechos y/o fenómenos sociales de los que no quieren quedar fuera. A veces dados por la televisión, como soporte masivo y ambiguo que arrastra éxitos desde un polo hacia otro.

Más allá de un análisis a la calidad y objetivos que tienen entre sí, habría que mencionar en este contexto las cintas: Che Kopete, la película (León Errázuriz; 2007) con 220.721 espectadores, Rojo: la película (Nicolás Acuña; 2005) con 175.804 espectadores y 31 minutos, la película (Pedro Peirano y Alvaro Díaz; 2008) con 218.376 espectadores. Instaladas con propiedad en los ránkings de películas chilenas más vistas de la primera década del 2000, estos 3 filmes provenientes de la televisión, ven desde lejos a los títulos más exitosos de nuestra historia cinematográfica, que claramente están asociados a impactos sociales que sobrepasan los alcances de la pantalla grande. Uno de ellos, Machuca (Andrés Wood; 2004), la película más vista de su año, con 648.360 espectadores, venía a ser la respuesta desde la ficción al golpe de Estado de 1973, provocando una serie de reacciones a nivel nacional. Desde abucheos e intentos de peleas en las mismas salas de cine en las cuales se proyectaba, hasta el insólito caso de la administradora del único cine de la ciudad de Osorno, quien se negó a exhibirla, argumentando que ésta era poco comercial y politizada; y que podía influir en el ambiente electoral de la época [3]. Machuca, la película que exponía el acontecimiento más relevante de la historia chilena contemporánea, se transformaba, al mismo tiempo, en un acontecimiento cinematográfico.

Otro caso importante es el de Sexo con Amor (Boris Quercia; 2003), que figura hasta hoy como la película más vista en la historia del cine chileno, con 978.759 espectadores. Si bien no está basada en un acontecimiento histórico ni contingente, ni tampoco viene desde la televisión (más allá que sus protagonistas sean rostros televisivos), la cinta se transforma a las pocas semanas en un fenómeno en sí. Un fenómeno que aborda el tema sexo en Chile, en diversas capas sociales. Se exponen las conductas de una serie de personajes que se interrelacionan, al modo de las llamadas películas corales, a través de un ingenioso eje central, dado por los apoderados de un colegio.

El público chileno ya había demostrado con su asistencia masiva a El Chacotero Sentimental, que el sexo era un tema de interés nacional. Por otra parte, el vertiginoso boca a boca generó que la película se transformara en un hito, en su misma construcción creativa y en sus consecuencias en el espectador, originadas por su tono cómico y jocoso. Un ejemplo de esto, son aquellas escenas de la cinta que hoy son parte de la cultura popular chilena y que están repartidas por fragmentos en el portal de videos Youtube, con miles de reproducciones; y en donde los usuarios discuten y celebran sus secuencias. A esto habría que sumar una banda sonora explosiva, creada por el grupo liderado por Alvaro Henríquez, Los Petinellis, que se transformó en un hit radial, a pocos días de haberse estrenado. 32 semanas en cartelera y visionados todos los años en televisión en horario estelar, la han erigido en una película hito, que hasta hoy posee una marca insuperable.

Cercana temporalmente a las dos anteriores, no se puede obviar a Taxi para Tres, de Orlando Lübbert. Estrenada en agosto del año 2001, la cinta aprovecharía el frenesí mediático dado por el premio más alto obtenido por una película chilena en el extranjero, la Concha de Oro en el Festival de San Sebastián, España. Este reconocimiento reforzaría la confianza del público en una cinta de guión sólido, que muestra con atino a un Chile fisurado en sus clases sociales. El resultado: 339.126 personas en las salas.

El cine chileno establece marcas a lo lejos y cada un par de años. Sus balances grafican que la idea de convertir la asistencia al cine a ver imágenes propias, en un ritual cultural, es tremendamente compleja. Y el principal aliciente de este objetivo debiese ser la sistematización del concepto de formación de audiencias, que por lo visto no ha sido suficiente hasta ahora.

La generación de una cultura cinematográfica es fundamental a la hora de educar a un espectador ávido y activo de ver películas, de modo que tenga herramientas para crear una necesidad de acercarse a ver producciones nacionales. Y no hablo de una mecanización o ampliación del gusto o interés, sino concretamente de solventar una necesidad. De comprender que la asistencia a ver una película chilena, puede tener intenciones que van más allá de la película misma. La insistencia y enfatización en estos conceptos provocarían a lo menos el cuestionamiento de las realidades expuestas por las cintas nacionales, que pondrían en duda el antes mencionado prejuicio del espectador chileno con su cine. Una muestra de esto es lo que suele acontecer con películas chilenas que tienen éxito en festivales extranjeros y que al momento de estrenarse en nuestro país, no satisfacen las expectativas dadas por los antecedentes previos. Tony Manero (Pablo Larraín; 2008) se estrenó en Chile, precedida por grandes loas en el Festival de Cannes y en la prensa europea. Muchos espectadores nacionales que se acercaron con entusiasmo a verla en el cine, no quedaron conformes. Los comentarios iban desde la mención a un final “fome”, hasta una cámara que se movía demasiado. El objetivo de un plan de formación de audiencias, radica en que el gran público se acerque al cine chileno con tolerancia, a enfrentarse con películas que posean una narrativa distinta, a la de las cintas que se estrenan semana a semana en cartelera.

El año 2010 fue desalentador para el cine chileno [4]. Sólo 351.243 personas asistieron a las salas a ver películas nacionales. El hito cinematográfico de ese año fue probablemente también el hito social de Chile en 2010, la clasificación de la selección nacional de fútbol al Mundial de Sudáfrica. Ojos Rojos, el documental dirigido por Juan Ignacio Sabatini, Juan Pablo Sallato e Ismael Larraín, logró llevar 119.037 espectadores [5] a las salas, algo curioso para una película de no ficción. El proceso clasificatorio de la selección chilena, que mostraba el cierre de un etapa de nuestro fútbol y el inicio de otra, tenía en la figura de Marcelo Bielsa y sus dirigidos, un hito difícil de encasillar. La popularidad del entrenador argentino, anexada a la construcción de una película que mostrara el éxito de un proceso deportivo, pero desde una visión más cercana, generó un escenario inédito en la historia del cine chileno. Este documental sería seguido por la película Qué pena tu vida, de Nicolás López, que llevó 94.044 espectadores a las salas. La cinta vendría a ser la excepción de lo que se plantea en este artículo. Estamos en presencia de una película que no reproduce un hito importante, sino más bien una historia común y corriente de un quiebre amoroso y posterior debacle de su protagonista. La propuesta está astutamente conectada a la cultura tecnológica en su forma y contenido, convirtiéndose en una película que, independiente de sus méritos artísticos, le dio una frescura inusitada a los estrenos nacionales. A través de una narrativa basada en elementos provenientes de Internet, con los cuales desarrolla una historia austera y funcional, el filme logró conectarse con un público joven, arraigado en la cultura digital, que seguramente no había encontrado una película que lo representara en el cine chileno. La cinta le sacaría provecho a Internet, incluso en su etapa previa al estreno, difundiéndose de manera eficaz en el gran público, mediante certeras campañas de marketing en Facebook, Twitter y Youtube.

Así es como Qué pena tu vida podría ser catalogada como una película generacional de la llamada cultura web, que en un país como Chile, encantado de las redes sociales, podría abrir nuevas posibilidades en la relación entre el cine chileno y su público. De hecho, López, no esperó mucho tiempo para hacer una secuela, titulada Qué pena tu boda, estrenada en 2011. Sostenida nuevamente en una difusión previa a través de las redes sociales, la película fue la segunda más vista del año con 206.266 espectadores, tras la película hito del 2011, que a su vez fue la más taquillera. Me refiero a Violeta se fue a los cielos, de Andrés Wood, que mantiene intacta la idea de que el público adhiere a los grandes acontecimientos. En este caso, una biografía de Violeta Parra, ícono musical y cultural de la historia chilena, que arrastró 391.465 espectadores y mejoró los números del cine chileno en el año 2011, en relación a la temporada anterior.

Las inquietudes persisten en lo que pasará en esta segunda década del nuevo siglo, que tuvo un buen primer año en variedad temática y en números. La pregunta que aparece de inmediato en este momento de la reflexión sobre la cinematografía nacional es, ¿hasta qué punto el cine chileno deberá depender de hitos para generar películas que atraigan la atención de los espectadores? La respuesta es incierta. En 2011, fue aún mayoritario el público asistente al cine en Chile, superando los números entregados por el reporte estadístico antes mencionado. De los 14.442.596 espectadores del año 2009, pasaron a ser 16.946.240 en 2011.

La formación de audiencias, insisto, debiese ser el camino para que ese número que aumenta de espectadores de cine, sea también un número ascendente en cuanto al cine chileno. En la medida en que crezcan las competencias de nuestros espectadores, crecerá el interés y la intriga por ver películas que no necesariamente representen grandes hitos. Y no lo digo como una crítica a las películas hitos que he referenciado a lo largo de este artículo, sino más bien como temor al espejismo que representan ellas, en los balances históricos del cine nacional.

Este 2012 será probablemente un año en que tendremos otro gran hito que marcará un precedente en la historia del cine chileno. Stefan v/s Kramer, la película dirigida por Eduardo Flores, protagonizada por el cómico e imitador Stefan Kramer, (convertido a estas alturas en un ícono de la cultura nacional), tiene todos las características de una cinta que se prevé, atraerá a los espectadores chilenos en masa a las salas.

 

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Notas


[1] CAVALLO, Ascanio; RODRÍGUEZ, Cecilia; DOUZET, Pablo. Huérfanos y perdidos: El cine chileno de la transición. Santiago. Grijalbo, 1999. P. 26.

[2] Ésta y otras cifras de espectadores mencionadas a lo largo del artículo están extraídas del estudio “Oferta y Consumo de Cine en Chile 1998-2008, realizado por Blanca Ochoa, Sergio Salinas, Alex Doll y Luis Horta, con el financiamiento del Consejo del Arte y la Industria Audiovisual del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes del Gobierno de Chile.

[3] Este hecho se ocasionó en agosto del año 2004. La administradora de la multisala Showtime de Osorno, prohibió la exhibición de la película, razón por la cual tuvo que renunciar. Más información en el portal del diario La Cuarta: http://www.lacuarta.cl/diario/2004/08/07/07.17.4a.ESP.MACHUCA.html y en el portal de Radio Cooperativa: http://www.cooperativa.cl/administradora-de-cine-osornino-debio-renunciar-por-cuestionar-machuca/prontus_nots/2004-08-09/153019.html 

[4] Los datos que se exponen desde esta parte del artículo, están extraídos de una nota de prensa publicada por el periodista Jorge Letelier en el diario La Tercera, titulada: “Cine Chileno del 2011, el año de la recuperación pero las dudas persisten”. Esta nota fue publicada el 29 de diciembre del año 2011.

[5] Esta cifra y la de la película Qué pena tu vida han sido extraídas del artículo de la periodista Gabriela González, publicado en la Enciclopedia Virtual CineChile.cl, titulado “2010, un año difícil para el cine chileno”.

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