CRÍTICAS Y ESTUDIOS
Cine mudo chileno: Lo que nos ha quedado
Por Antonella Estevez

Según lo que sabemos hoy, entre 1921 y 1930 se produjeron en Chile 67 filmes de ficción y 26 documentales. De todos ellos solo se preservan hasta hoy tres películas: El Húsar de la Muerte (1925), El Leopardo (1926) y Canta y no llores, corazón (1925) además de algunos fragmentos del filme Vergüenza (1925) y unos pocos documentales. El desarrollo de una conciencia de la relevancia de la memoria cinematográfica ha sido un proceso lento que recién hoy, da sus primeros frutos.

Hasta el advenimiento del cine digital en las últimas décadas, que no se superaba la impresionante producción cinematográfica desarrollada en Chile en los años ’20. El material de prensa que CineChile.cl ha rescatado y digitalizado, da cuenta de la cantidad, riqueza y diversidad de la realización cinematográfica de esta década. Lamentablemente hoy solo tenemos acceso a un porcentaje muy pequeño de esa potente cinematografía, y son esas pocas películas los que nos demuestran el espíritu de los realizadores de aquellos tiempos. Según Luis Horta, responsable de la Cineteca de la Universidad de Chile, “Lo que sabemos es que en esa época ya había una vocación industrial en la producción, había empresas dedicadas a toda la cadena de la realización profesionalmente. Las películas que se han encontrado tiene cierta dignidad, no hay en ellas la inocencia del amateur, son piezas que poseen gran valor cinematográfico”.

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El Leopardo (1926), dirigida por Alfredo Llorente.

Pero la pregunta se presenta clara ¿Por qué tenemos tan pocas películas de una época tan fructífera cinematográficamente? Según la reconocida realizadora, académica y restauradora, Carmen Brito, el problema estuvo en que muchos de los buenos cineastas del pasado no tuvieron conciencia del futuro y no se ocuparon de proteger su producción para la posteridad, permitiendo que otros destruyeran los filmes para sacar de ellos el material físico –como el haluro de plata- perdiéndose así invaluable patrimonio audiovisual. Luis Horta coincide señalando que en la medida que los filmes fueron menos rentables a nivel económico, se buscaron nuevas vías de explotación comercial. “Las películas eran recicladas para rescatar la nitrocelulosa (botones, peinetas), dándoles nuevos reditos comerciales, que ya no tenían que ver con su valor estético, sino con su materialidad”.  Según estos investigadores, una vez que salían de cartelera las películas quedaban inutilizadas y llegaron a venderse por kilos, en talleres de reciclaje de la celulosa que se dedicaba a transformar los filmes en otros objetos. Una práctica que fue común a nivel mundial y que se extendió en Chile hasta la década de los sesenta.

Otro dato que explica la desaparición de muchas de estas obras es que hasta 1949 todas las películas se hacían en nitrato que es un material tremendamente frágil y altamente combustible, lo que produjo una cantidad importante de incendios en teatros y bodegas. Además, explica Carmen Brito: “el nitrato se autodestruye en menos de cien años por lo que muchas de las películas que sobrevivieron a lo anterior, a estas alturas ya se deshicieron. La esperanza son aquellas que fueron guardadas en los antiguos roperos y que aún pueden aparecer entre los bienes familiares de algún director o distribuidor”.

De hecho los tres largometrajes de ficción que han llegado hasta nosotros, cada uno vivió su propio afortunado camino. Según Luis Horta, “El Húsar de la muerte se salvó porque en los años 40 se hizo una versión sonorizada; El leopardo se conserva como herencia familiar. Canta y no llores corazón, fue descubierta abandonada en un teatro de Concepción”.

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Canta y no llores, Corazón (1925), dirigida por Juan Pérez Berrocal.

A diferencia de otros países en donde ha existido, tempranamente, una política institucional enfocada en relevar el patrimonio audiovisual en Chile eso es algo que ha costado. A pesar del tremendo trabajo de las cinetecas – tanto la Nacional como la de la Universidad de Chile en funcionamiento desde hace menos de una década- aún no existen en nuestro país políticas de estado que potencien la labor de estas instituciones, o que legislen la entrega y conservación de material audiovisual. Lo que ha existido históricamente ha sido el entusiasmo de algunos particulares como el vanguardista Armando Rojas Castro, que en 1929 funda el Instituto de Cinematografía Educativa de la Universidad de Chile, que cumplirá una vasta labor de  producción y difusión  de documentales educativos, científicos y culturales a través de todo el país, creando más de treinta centros de distribución y llevando el cine a las salas de clases. Luego, en las décadas de los ’50 y ’60 comienza la labor de valoración y producción cinematográfica de la Universidad de Chile y en 1961 Edmundo Urrutia estrena sus documental Recordando que rescata materiales de noticieros y documentales filmados desde 1910 y hasta 1950, asegurando la permanencia de esas imágenes y su difusión entre nuevas generaciones de audiencia.

Aunque en el último par de años ha existido un esfuerzo importante por digitalizar el material recobrado y ponerlo a disposición de los internautas, Luis Horta señala que “La digitalización de los archivos es una parte, porque no es la idea volverse un youtube del cine chileno. Lo importante es formar audiencias, que la gente vuelva a pasarlo bien viéndose en su propio cine. Que puedan volver a encontrarse en la sala de cine y empoderarse de lo que ve en pantalla”.

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El Húsar de la Muerte (1925), dirigida por Pedro Sienna.

Carmen Brito comenta desde la restauración que las nuevas tecnologías hacen un aporte fundamental a los procesos de rescate de los filmes pero advierte que “La gracia de salvar una película es rescatarla en el mismo formato. Hoy mucha gente encuentra un material antiguo y corre al transfer. Sin investigar, ni evitar que el filme se dañe en ese proceso. Restauración no es solo arreglar empalmes, lo más difícil es lograr que las técnicas actuales del digital ayuden a recuperar cine, porque son técnicas distintas”. Para la restauradora la clave es estudiar cómo fue hecha esa película, preguntarse si le faltan pedazos, si la compaginaron en algún momento. “Hay que hacer la investigación, preguntándole a la gente de cine que vio las películas originales y puede contarte como eran originalmente, para evitar alejarse de la propuesta inicial de su autor”.

Carmen Brito y Luis Horta coinciden en que hoy el mayor desafío es compartir el material que se ha rescatado con un público cada vez más amplio. Para Horta “Lo que hace falta es un lineamiento de políticas públicas en donde se convoque a los actores involucrados y se piense en la audiencias, hay que recuperar el espacio de la pantalla como espacio de reflexión, que la gente se sienta parte de eso”. Carmen Brito agrega “En todos los festivales de cine se deberían proyectar películas antiguas, para que la gente pueda encontrarse con el encanto del ayer, viéndose, reconociéndose Allí se despierta el intereses, ya que la gente piensa que todas esas películas están destruidas. Hay que crear instancias para que la gente se encuentre con ellas”.