CRÍTICAS Y ESTUDIOS
La Tierra Prometida, de Miguel Littin
Por Vera-Meiggs
17 de noviembre de 2009

La más ambiciosa producción cinematográfica del período de la Unidad Popular tenía un título que era todo un programa y un cineasta ya prestigioso internacionalmente como Miguel Littin. Pero al igual que la otra gran producción de la época, Palomita blanca de Raúl Ruiz, no llegaría a las pantallas a las que estaba destinada sino mucho después, cuando ya su efecto se había en gran parte diluido por las circunstancias históricas.

Verla hoy resulta por varios motivos conmovedor. Y no todos son, desgraciadamente, cinematográficos. Conmueve ver lo mucho que ha cambiado nuestro gusto cinematográfico, poco proclive a develar nuestra historia, a mezclar lo poético y maravilloso con lo político, lo coral con lo popular. Conmueve también comprobar que la masacre final estaba tan cerca de la que ocurriría de ahí a poco tiempo en el país. Conmueve finalmente ver actuar a la bella y prometedora actriz Carmen Bueno, que junto a su compañero, el camarógrafo Jorge Müller, continúan en la lista de detenidos desaparecidos.    

Compuesta como una epopeya campesina sobre la tenencia de la tierra y la utopía de una república socialista, la película no se queda a medio camino en su empeño grandioso. Los personajes se reducen más bien a tipos representativos de los sectores en conflicto y más de alguno se empeña en el riesgoso afán de pronunciar frases históricas, de esas que se soportan mejor en el mármol que en el cine. Las grandes masas se mueven por paisajes solemnes y la música de Luis Advis le pone el ingrediente trascendente a las acciones colectivas. Una narración con voz de anciano campesino nos recuerda el trasfondo histórico de los hechos. La culminación trágica es en una gran batalla, que técnicamente es de lo mejor resuelto visto en el cine chileno.

Pero tanto énfasis tiene sus costos. De hecho la forma épica, al carecer de una tradición propiamente nacional, queda a menudo como poncho sobre el relato, no permitiéndole una seducción que no sea la puramente ideológica, lo que obviamente pesa bastante hoy. Esto se traduce en algunas escenas tediosas, especialmente aquellas en que Marcelo Gaete aconseja a Nelson Villagra como construir el socialismo. Los dos excelentes actores ponen sus capacidades para alivianar con oficio la carga retórica del guión y el esquematismo de sus personajes. Lo mismo ocurre con Rafael Benavente haciendo de latifundista y al que le bastan unas cuantas miradas y algunos gestos para construir en forma convincente un Errázuriz, que desgraciadamente también tiene que verbalizar proclamas marmolescas.

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Afortunadamente no se trata de un relato de personajes, sino que de grupos sociales en conflicto, como lo exigía la época, lo que permite al conjunto desembocar en valles corales, con grandes escenas de masas bien compuestas que siguen siendo lo mejor de la película. La aparición de la Virgen del Carmen en medio del campo tiene mucho de prodigio campesino, como en general todas las escenas en que su intervención relativiza ambiguamente su compromiso. Notable en este mismo sentido es el plano-secuencia protagonizado por Shenda Román, cuya mirada por sí sola resume todas las fatigas, esperanzas y temores de la masa anónima que la sigue. Gran momento cinematográfico, que parece asimilar provechosamente lo que el cineasta húngaro Miklos Jancsò realizaba por aquellos años.

Algunas perlas más pequeñas engalanan todavía el conjunto, pero el total está irremediablemente fechado, fosilizado en sus intenciones programáticas y ahogado por la falta de oxígeno que la ideología impone a las posibles personas existentes bajo los ropajes campesinos. Signo de su tiempo, La tierra prometida no parecía muy dispuesta a buscar emociones, ni a inducir reflexiones muy complejas. Le bastaba dar a conocer una historia pretérita que buscaba un paralelismo con el presente para sacar conclusiones didácticas. Que involuntariamente se le haya pasado la mano al mostrar el final de aquella utopía, puede ser vista como una admonición que nadie pudo escuchar a tiempo y que de todos modos nadie habría leído como tal. Lo mismo que ocurriría con La expropiación de Ruiz.

Pero que el cine chileno haya tenido al menos una intuición del futuro, indica cómo aquellos cineastas de aquel momento tomaban realmente en serio lo que estaban haciendo. Una actitud no muy difundida en otros ámbitos significativos de aquel entonces y que sigue siendo una lección para el presente.