CRÍTICAS Y ESTUDIOS
"Vías Paralelas": Vagabundeo al interior de un país atrapado en sí mismo
Por Alberto Mayor C.

Dos años después del golpe de Estado, en un país aún sacudido por el remezón social e institucional que significó la arremetida de los militares al poder, Cristián Sánchez se las ingeniará para realizar en conjunto con Sergio Navarro lo que sería una nueva “opera prima” en su carrera luego de la fallida Esperando a Godoy. La película en cuestión será Vías paralelas, proyecto respaldado por la Escuela de Artes de la Comunicación, y que reunirá a parte importante de aquellos integrantes del cine chileno que permanecieron en el país y no se marcharon al exterior, ya sea por decisión propia o imposición política. La distancia ideológica que Sánchez dejara entrever en su discurso previo al golpe frente a las proclamas de la izquierda, sumado al hecho de haberse vinculado durante la Unidad Popular a la cantera cinematográfica de la Universidad Católica, posiblemente fueron los antecedentes que le permitieron concretar ese deseo suyo de hacer cine, incluso en un contexto tan especialmente adverso como lo fue este periodo. El sino del deseo de desear, presente en un pensamiento deleuziano que con el paso del tiempo irá adquiriendo una presencia protagónica en su discurso, será clave para entender la insistencia del realizador para embarcarse en un proyecto tras otro pasando por encima de cualquier practicidad. Un voluntarismo contrario a la dominante inercia que manifestarán los personajes de Vías paralelas, una oda a la fragmentación narrativa, al salto hacia adelante sin una solución de continuidad con la unidad anterior, y en términos estilísticos, a la preponderancia de la inacción resultado de contradictorios comportamientos de personajes expuestos a situaciones y juegos de palabras propios de un particular ethos nacional.

Kaska, el protagonista de Vías paralelas, interpretado por Rodrigo Maturana [1], buscará a lo largo de la historia reinsertarse de manera ansiosa como empleado público en una oficina que entendemos ha atravesado por tensos momentos en el último tiempo. Todo en la película hace mención al quiebre que ha debido enfrentar el ficticio país de Vacilonia, un espacio en donde la incoherencia y el sinsentido serán una constante en el transcurrir de un grupo de seres que deambularán largamente por boliches de mala muerte y oscuros departamentos. La historia se constituye así como un desbordante ejercicio de personajes expuestos al rigor del plano secuencia, y que tras el tono hilarante de cada una de sus intervenciones dejarán entrever el profundo vacío de ideas que ha dejado el proyecto político inconcluso del gobierno de Allende. Huérfanos de cualquier referente cultural concreto, los participantes de estas Vías paralelas trazarán absurdos proyectos comunitarios que sólo se quedarán en las buenas intenciones, pues no hay en ellos objetivos claros ni fines determinados. Kaska y sus compañeros de ruta transitarán entonces por un enajenado, continuo e interminable presente; pues al perder su capacidad de desear se convertirán en simples seres nómades que en el mero acto de moverse trazarán en sí una finalidad. Un camino que no les conducirá a ninguna parte más allá de la mera sobrevivencia, y que inevitablemente en algún momento los llevará a la desesperación y la locura como lo demuestra un enajenado Kaska al final de la película, quien fuera de sí gritará en medio de la noche que no existe la posibilidad de un camino posible.



[1] A la postre uno de los personajes más activos de este momento del cine chileno, tal como lo demuestra su participación en Palomita Blanca, los dos primeros filmes de Cristián Sánchez (Esperando a Godoy y Vías paralelas), y como guionista luego de El Charles Bronson chileno (o idénticamente igual) de Carlos Flores.