CRÍTICAS Y ESTUDIOS
"Los niños" de Maite Alberdi
Por Antonella Estévez B.

¿Y si tuvieras que ir al mismo colegio durante cuarenta años? Las mismas clases, los mismos compañeros, las mismas actividades. Esa premisa, que para muchos puede parecer de ciencia ficción, fue la que movilizó la curiosidad de la realizadora Maite Alberdi y que la llevo a filmar Los niños un documental sobre un grupo de adultos con síndrome de Down y que ya ha recibido múltiples premios internacionales.

Con sus dos largometrajes anteriores El salvavidas (2011) y La once (2014) Alberdi ya había demostrado su capacidad para hacernos entrar en mundos cotidianos y, al mismo tiempo, sorprendentes. En su primer largo la realizadora nos mostró el verano en una de las playas más concurridas y peligrosas del litoral central y que tiene por guardián a un salvavidas que cree que, si hace bien su trabajo, nunca tendrá que meterse al agua y, luego, con la multipremiada La once nos permitió acercarnos a la complicidad de un grupo de octogenarias mujeres que se reúnen mensual y religiosamente a tomar el té y a conversar sobre la vida y los recuerdos.  La gracia de ambas películas es que van tanto más allá que estos resúmenes iniciales, permitiendo al espectador adentrarse en mundos ricos y complejos llenos de humanidad y llevándose más de una sorpresa tanto respecto a la realidad que se le muestra, como a sus propios prejuicios sobre ella.

Con Los niños Maite Alberdi y su equipo vuelve a invitarnos recorrer un espacio que sabemos que existe, pero que -la mayoría de nosotros- poco llegamos a conocer. Un espacio que desde los medios de comunicación ha sido presentado desde lugares comunes e incómodos. De allí que una de las cosas más potentes de esta película es poner en pantalla y como únicos protagonistas a este grupo de personas que raramente vemos en el cine, y permitir que sean sus voces e historias las que movilizan la acción. Detenerse a mirarlos hacer, a escucharlos y a observar las relaciones que generar entre ellos ya es una propuesta arriesgada y llena de complejidades. Las “personas normales” -padres, maestros, trabajadores- no aparecen, sino que como imágenes borrosas y secundarias. Así tanto en el mundo que se escoge mostrar como en la estrategia para mostrar ese mundo, hay un cuestionamiento a la “normalidad”, instalándola como algo inestable y que depende de desde donde nos situemos.

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Más allá del carisma de los protagonistas, la gracia de este documental es que nos permite hacernos preguntas que no son obvias y que sin embargo definen la vida de miles de personas todos los días. ¿Cuáles son los requisitos para amar? ¿Qué define la independencia? Ana María, Andrés, Rita y Ricardo tienen cada uno su manera de habitar su cotidianeidad y de relacionarse con los límites que otros han definido para ellos. Cada uno tiene sus propias capacidades y su propia agenda, metas y sueños que son distintas para cada uno y, por obvio que puede sonar esto, no es desde esta particularidad que ellos son tratados socialmente. Por eso, una de las reflexiones más poderosas que puede generar este filme es cuestionar la manera en que normalizamos la discapacidad como algo genérico.

Si el poder de una película está en producir empatía, en identificarnos con los personajes y en invitarnos a preguntar: “¿Qué haríamos nosotros en su lugar?”, este documental cumple tanto cinematográficamente - en el sentido de generar un relato que permite esa empatía y que deja atrás los prejuicios- como en el rol social que puede tener una película al hacer que el espectador se pueda hacer estas preguntas, ayudándonos a reflexionar sobre cuánto nos falta para construir una sociedad más rica e inclusiva.