CRÍTICAS Y ESTUDIOS
“Largo viaje”: 50 años de una película fundamental
Por Antonella Estévez B.

En general, cuando se habla de momentos cumbres del cine chileno se suele citar el año 1969, el Festival de Cine Latinoamericano de Viña del Mar y el encuentro de tres películas consideradas lo más alto de la producción nacional: El Chacal de Nahueltoro de Miguel Littin, Tres Tristes tigres de Raúl Ruiz y Valparaíso, mi amor de Aldo Francia, cintas que llamaron la atención por sus innovaciones estéticas y por atreverse a mostrar un Chile que poco se había visto en pantalla y que conectaba con las demandas de un país movilizado que buscaba reinventarse. Sin negar para nada el aporte de esas obras hay que reconocer que antes de esas películas centrales hubo otras que prepararon el camino, siendo Largo Viaje una de las fundamentales.

Este 7 de agosto se cumplen cinco décadas desde que este filme de Patricio Kaulen llegara a once salas del país, marcando todo un record para la época. Para celebrar este aniversario la Cineteca Nacional estará realizando una función especial este lunes en que habrá cantores populares -como en la famosa escena del funeral del “angelito”- y un conversatorio en el que participarán alguno de los protagonistas del filme. Además, la película se quedará en la programación de la cineteca durante el resto de la semana para que el público actual pueda acceder a ella en pantalla grande y en edición restaurada.

¿Por qué es importante ver Largo Viaje? Hay varias razones que hacen de esta una película fundamental para nuestra historia cinematográfica. Por una parte, en ella el director contó con recursos económicos y técnicos poco antes vistos en el cine nacional. Hay movimientos de cámara, grandes planos y una propuesta de montaje que es heredera al mismo tiempo del neorrealismo italiano y de las olas que remecían al cine francés de pocos años antes, lo que permite hacerse una idea de cómo los movimientos cinematográficos que, durante las décadas anteriores, habían renovado el cine mundial también tenían sus ecos en la producción local.

Por otra parte, es una película que permite darle una mirada al Santiago de entonces con sus singularidades y contradicciones. La narración sigue el recorrido de un niño pobre que vive con su familia en un conventillo en el centro de la ciudad y que espera, con ansias, la llegada de su hermanito. El bebé nace muerto y la alegría se transforma en lamentos. Ese momento instala una de las escenas más recordadas y conmovedoras del cine de la época, ese funeral con rezos, cantos populares, baile y mucho vino. Al día siguiente el papá del protagonista se ha llevado el cuerpo del bebé – en micro hacia el cementerio y usando como ataúd un cajón de frutas, regalándonos de paso otra potente imagen de la película- pero el niño ve con pesar que las alitas de papel con las que estaba engalanado el cuerpo del infante quedaron abandonas y sin ellas, según le han dicho, el bebé no podrá entrar al cielo. Allí comienza el periplo del joven protagonista que recorre la ciudad tratando de hacerle llegar a su hermanito sus alitas olvidadas. En ese camino se va a topar con una serie de personajes que aparecieron antes en la película y que van adquiriendo sentido a medida que se encuentran con el niño.

En el momento de su estreno algunos comentaristas de cine criticaron este exceso de personajes del filme y la poca naturalidad de algunos de ellos, en comparación de la energía fresca del protagonista. Y aunque es evidente que hay algunos personajes mejor delineados que otros, hoy se agradece tener acceso a la mirada de Kaulen sobre la organización de la sociedad capitalina de entonces, la diversidad de habitares y valores en un espacio menos segregado territorialmente que el actual.

Finalmente me parece que vale la pena ver Largo Viaje -que, dicho sea de paso, está accesible gratuitamente para verse en línea desde el archivo digital de la Cineteca Nacional- porque es una película que, con todos los detalles de realización y doblaje que podamos objetarle hoy, nos vincula con cierta inocencia infantil que también nos habla del Chile que alguna vez fuimos, uno más provinciano y menos exitista que se abrazaba en su identidad elementos populares que, finalmente, son los que nos han otorgado la rara particularidad de ser lo que somos y no otros.