CRÍTICAS Y ESTUDIOS
La Muerte de Pinochet y el Chile perdido
Por Marcelo Morales C.
13 de abril de 2011
El origen del nuevo documental de Perut y Osnovikoff surgió mientras realizaban Noticias. La repentina muerte del dictador Pinochet el 10 de diciembre de 2006 formaría parte del collage conceptual que fue este documental, uno que formidablemente busca reinstalar temas como la muerte y el dolor con escenas fragmentadas y a la vez profundamente descaradas. Pero lo que grabaron de las primeras horas de la muerte de Pinochet daba para más, pensaron, y lo convirtieron en el presente documental que ya por su título crea un obvio interés.

El documental se divide en cómo vivieron el suceso 4 personajes: un recalcitrante militante pinochetista de apariencia acomodada que vive una existencia en torno a la figura idealizada de “su general”; una vendedora de flores artificiales también seguidora del dictador, agradecida porque gracias a él sus tres hijos son ingenieros; un socialista de viejo cuño que vive humildemente, rodeado de libros, con un look que suena a Marx y que le da vueltas al recuerdo de haber vivido el golpe como uno de los conscriptos que vio muerto a Allende en La Moneda; y por último, un acomodador de autos, alcohólico que pasa sus días gastando sus monedas en una oscura cantina y que aquel día llegó a las celebraciones de Plaza Italia completamente borracho.

Entre el relato de todos dentro de un ritmo siempre atractivo, la película construye una crónica de lo sucedido bajo las diversas miradas de estos personajes, pero también siempre con lo visual por sobre lo discursivo (una preocupación evidente en toda la filmografía de los autores) instaura un panorama entre irónico y penoso (ello por las características de cada personaje) sobre un país que no sana sus asperezas, pero que por sobretodo, demuestra una orfandad total ante la falta de líderes o referencias históricas y políticas de izquierda y derecha. Algo que la muerte de Pinochet sólo hace más evidente ante la cámara con las contradictorias celebraciones en Plaza Italia (felices, pero enojados porque el dictador “se las llevó peladas”, dicen) y las lágrimas de sus partidarios que desesperan porque ya la historia no les da ningún cupo a sus ideas que a veces justifican las torturas y las desapariciones.

Así, la película si bien muestra imágenes del apoteósico funeral, de los festejos, de los horrendos vítores a favor, siempre finalmente evita el prototipo y la validez de lo que cuentan al escenificar sus palabras encuadrando sólo sus jugosas bocas modulando, también mostrándolos inmóviles mientras sus voces suenan en off y, más que nada, viéndolos actuando sus propias historias a través de fugaces puestas en escena. Así se van quebrando sus historias, quedando todos como relatos parciales y poco claros y realistas. Porque para Perut y Osnovikoff, la realidad histórica ya no es posible de construirse a través de los documentales (algo evidente en El Astuto Mono Pinochet), sino que éstos sólo son un móvil (siempre con la ironía y el descaro por delante) para manifestar las consecuencias de una época en donde la historia es puro caos y palabras vacías, como también, personas extraviadas e ilusas.

Fiel a sus estilos cinematográficos, el resultado final es bastante duro e implacable, tanto para un lado y para otro. Ver a la florista acusando persecución política por su difícil presente, al pinochetista presidiendo una ridícula fundación pinochetista, al socialista marchando vestido de Viejo Pascuero con el convencimiento de convertirse en un nuevo símbolo de protesta tras el fin de Pinochet, y, finalmente, al alcohólico cantando con todo el dolor de la soledad “Amor amar” de Camilo Sesto en la oscuridad de un viejo bar, no sólo fascinan por su calidad estética, sino también plasman un retrato demasiado duro de un país que ya agotado de sentidos (con las muertes de sus líderes e ideologías), parece ya haberse entregado indoloramente al patetismo y a un azaroso destino.

Así, La muerte de Pinochet es, en resumen, un valioso documental que dispara a muchos lados y nunca es lo que parece. Ese doble grosor hace que este sea un documental más accesible narrativamente que los anteriores realizados por Perut y Osnovikoff (quizás ceden mucho más a las palabras que en sus trabajos previos), pero aunque a simple vista puede ser el registro de un hecho trascendental e histórico, siempre apunta más alto que ello a través de sus sugerentes imágenes y secuencias.